La competición estaba a punto de comenzar, todos los participantes en la carrera se agolpaban en la línea de salida para ocupar un buen sitio que le diera cierta ventaja sobre los demás.
Todos tenían las mismas posibilidades de vencer, aunque como pasa en toda competición, no todos estaban igual de preparados. La preparación había sido intensa, aunque el resultado no dependía en un cien por cien de ella, ya que también tiene una importancia crucial la condición innata de cada uno, es decir, sus aptitudes. Se nace con unas facultades y se potencian con los ejercicios adecuados, pero siempre hay alguno que tiene esas facultades más acentuadas que otro, y necesitan menos esfuerzo que estos últimos. Pero también se puede dar el caso de seres con menos facultades que otros, pero que por su gran constancia logran triunfar sobre los más dotados.
En la carrera había de todos, por eso la ilusión era grande, inmensa, el afan por triunfar, el honor, el reconocimiento,...
Por fin el momento crucia había llegado, la tensión se notaba en el ambiente, y empezó la carrera; cada uno buscaba colocarse en buen lugar, aunque la lucha iba a ser larga, muy larga; tanto, que muchos ni siquiera llegarían a la meta agotados en el camino por el esfuerzo, y de los que llegasen, tan sólo el primero obtendría el cotizado y codiciado premio. Pero eso no importaba, ya que todos esperaban ser los primeros, aunque sea en ilusión, que no en realidad.
No había reglas, cada uno iba a su ritmo, lo que no impedía que hubiesen empujones, despistes e incluso accidentes mortales.
Había transcurrido el tiempo y la carrera estaba a punto de terminar, muchos habían quedado en el camino, los que seguían adelante estaban agotados, tan sólo uno se sentía fuerte para conseguir ser el primero en alcanzar el objetivo que ningún otro podría lograr, y éste fue el vencedor.
Su último pensamiento antes de introducirse en el óvulo fue, ¡sobreviví!, ¡me perpetué!.